Un Blog para los momentos de ocio

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De todo un poco, como en la vida

sábado, 4 de diciembre de 2010

Brasita de Fuego (o Churrinche)



En esta mi primer entrada,  les contaré un episodio que ocurrió en la provincia de Entre Ríos (Argentina),  en un monte de espinillos y talas, es sobre un ave a quien una chispa le encendió el plumaje y, desde entonces, le dicen brasita de  fuego.


Nombre científico: Pyrocephalus rubinus
Clase: Ave
Subclase: Neornithes
Familia: Tyrannidae
Género: Pyrocephalus
Especie: Pyrocephalus rubinus
Subespecies: P. rubinus (propia de la Argentina)

Sus dimensiones aproximadas son:

Largo total: de 13 a 15 cm
Largo del ala: 9 cm
Largo de la cola: 5 cm
Largo del pico: 10 mm
Peso: 14 g

Es un ave manso y buen cantor. Marrón por arriba, rojo vivo por debajo, y el copete encendido, limitado por una corona de plumas negras, brillantes. La hembra —de tonos más claros y apagados— es parda por arriba con un leve tinte escarlata en el lomo, blanca agrisada la garganta, el vientre ligeramente rosado y no tiene copete.
Acostumbra a ir solo o con su compañera. En invierno forman pequeñas bandadas a las que a veces se suman algunos chingólos.
Come semillas, granos y larvas. La hembra le ayuda a hacer el nido en los árboles con cerdas, hierbas y paja y pone tres o cuatro huevos de color blanco.


Leyenda

Una chispa le encendió el plumaje y, desde entonces, le dicen brasita de fuego. Contaré este episodio que ocurrió en la provincia de Entre Ríos, en un monte de espinillos y talas:


Fue todo obra del diablo. En menos que canta un gallo hizo de una tapera —guarida de murciélagos y lechuzas— un salón de baile con una pista lisita como mesa de billar. Él mismo pintó en las paredes monigotes de colores, levantó un palco para la orquesta y colgó de las vigas y de las pajas del techo, faroles, cortinados y cintas enlazadas que era darle un gusto al ojo pasearlo por tanto adorno.
Nadie sospechaba que ese paisano bonachón, moreno y grandote, con bombachas ceñidas, botas altas y un amplio poncho, pudiera ser el diablo en persona y para que no lo reconocieran, enroscaba e,l rabo a la cintura y escondía los cuernos bajo un tupido mechón de pelos.




¡Y había que verlo cómo animaba la fiesta! Andaba siempre con una damajuanita de vino, llenando las copas vacías y no dejaba dormir a los músicos, a los naipes y a la taba. Juego, bebida y baile —farra corrida—, como si todos los días de la semana fueran un largo domingo.
El diablo no da puntada sin nudo. Allí conseguía perder a los hombres y hacer una buena cosecha de almas para el infierno. Era fácil caer en la trampa. ¿A quién no le gusta divertirse, beber fino y barato, bailar con lindas muchachas y tentar, de vez en cuando, la suerte en el juego?

Los hombres, por bailar y beber, abandonaban los trabajos; las mujeres olvidaban la escoba y la aguja, y hasta los viejos andaban alborotados.
El diablo, sonreía, satisfecho. Iba de aquí paraallá con la damajuanita debajo del brazo.
— Bebiendo —decía— se ahogan las penas.
Y llenaba las copas de vino.
— Bailando se alegra la vida.
Y empujaba a las parejas a la pista.
—Jugando se topa con la fortuna.
Y ponía entre dos hombres un puñado de oro y un cuchillo.
Mientras tanto, sus compinches levantaban pilas de leña en los sótanos del infierno.

 

Dios y San Pedro iban a caballo recorriendo el mundo, y andando llegaron a las cercanías del salón de baile que había instalado el diablo.
Al oír la música y la gritería de los parroquianos preguntó San Pedro:
— Señor… ¿qué pasará en ese rancho que arman tanto barullo?
—Quizás estén festejando alguna fecha —respondió Dios.
Y continuaron viaje en silencio.
Al llegar a un monte de talas y espinillos se detuvieron para hacer noche. Desensillaron los caballos, extendieron unas mantas sobre la hierba y se acostaron.
San Pedro, con la música y los cantos que llegaban del salón de baile, no podía conciliar el sueño.
—Señor —dijo, despertando a Dios que dormíaprofundamente —, con este batifondo voy a pasarme la noche en vela.
— Tápese los oídos —le aconsejó Dios y continuó durmiendo.
San Pedro se tapó los oídos, pero fue inútil; seguía escuchando los cantos y la música.
Al rato volvió a despertar a su compañero.
— Señor… no puedo dormir.
— Cierre los ojos —le dijo Dios— y cuente hasta cien.
San Pedro cerró los ojos y comenzó a contar:
— Uno, dos tres…
Y así llegó hasta cerca de mil.
— Señor — insistió por tercera vez —, se me acaban los números y el sueño no llega, ¿qué hago? Y Dios le contestó sonriendo:
— ¿Qué hacemos? querrá decir, porque yo también me he desvelado.

 

— Entonces, ¿qué le parece si nos arrimamos al baile a ver qué pasa? —preguntó San Pedro, curioso por saber la fecha que celebraban en el rancho.
— Me parece bien —aprobó Dios — . Vamos; pero antes busque unas leñas y haga fuego, así queda una señal para el regreso.
Obedeció San Pedro. Recogió unas leñas e hizo una enorme fogata.
Partieron. Era una noche oscura, sin luna.
Después de andar un largo trecho llegaron, llenos de abrojos, al salón de bailé.
—Al entrar —Dios que por algo es Dios— le dijo a San Pedro:
— Esto me huele al diablo.
— Lo mismo digo yo —contestó San Pedro.

 

¡Qué rabia le dio al diablo cuando reconoció a los recién llegados! ¡Todo su trabajo perdido! ¡tanto empeño en alindar el salón, en derrochar tiempo y bebidas, para que Dios y San Pedro, en un santiamén, le arrebataran las almas que creía haberse ganado para el infierno!
El diablo se ocultó detrás de unas cortinas, aprovechó un entrevero y escapó por los fondos. Al huir se le cayó la damajuanita de vino, que se hizo añicos, y se le desenroscó la cola que llevaba atada a la cintura.
Corría a todo correr y cuando vio la fogata y los caballos, se detuvo, jadeante.
— Éstos no se la van a llevar de arriba —pensó — Voy a espantarles los caballos, apagaré el fuego y se perderán en el monte.


 Dicho y hecho. Espantó los caballos, apagó el fuego con el poncho y desapareció como por encanto.
Pero un pájaro, que no era más grande que el puño de un niño, recogió una brasita de fuego —la última chispa de la fogata — y siguió a los caballos hasta darles alcance. Entonces voló sobre ellos dibujando en el aire un amplio círculo de luz.
De lejos se veía brillar en el monte, como si colgara del cielo, un titilante anillo de fuego.
La chispa que el pájaro recogió con el pico había encendido todo su cuerpo y era una llamarada con alas girando en la altura. Señal que sirvió de guía a Dios y a San Pedro para recuperar los caballos y continuar el viaje por el mundo.
Y el pájaro —nuestro brasita de fuego— quedó con el plumaje encendido. Esa noche tuvo la gloria de haberse posado en las manos de Dios y San Pedro y hacerles oír el alegre cascabel de su canto.

Historias de Pájaros
Javier Villafane
Editorial emecé
1957-1993